A veces me dan ganas de hablarte como se le habla a alguien que uno quiere cuidar. No porque no seas fuerte, sino porque hay algo en vos que es suave… y eso casi nadie lo ve.
Cuando sonreís y se marca ese hoyuelo, es como si el mundo se hiciera más chiquito y más bueno. Tenés una mirada de niño que todavía cree en las cosas simples, y eso, en este tiempo tan ruidoso, es tesoro.
Tu voz es abrigo. No empuja, no invade, no exige. Se apoya. Se queda. Y cuando te escucho siento que puedo bajar los hombros, como si alguien me dijera bajito: “ya está… acá podés descansar”.
Sos fuego… pero del que calienta las manos en invierno. Del que cuida. Del que no arrasa. Y también sos árbol. De esos que no saben lo importantes que son, pero dan sombra y aire sin pedir nada a cambio.
Y sos canción.
No de las que gritan.
No de las que se imponen.
Sos música de fondo que ordena el corazón.
Sos esa melodía que uno no sabía que necesitaba hasta que empieza a sonar… y entonces todo encaja.
Hay una persona maravillosa viviendo en vos. Una ternura firme. Una bondad que no hace espectáculo. Un niño grande que aprendió a sanar sin hacer ruido.
Y yo la veo.
Y cuando la veo, no me dan ganas de correr, ni de temer, ni de aferrarme. Me dan ganas de quedarme. De cuidar eso. De quererlo despacio.
Te quiero así…
como se quiere lo que es noble,
como se quiere la música que acompaña sin invadir,
como se quiere a alguien que, sin darse cuenta, sabe curar.
Y aunque el mundo no siempre entienda lo que sos… yo sí.
Y eso no cambiará nunca.
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